La voz de la memoria

 "El hombre es un ser en el camino..." Escuché esa frase cada mañana mientras iba al colegio. Crecí al lado del Maestro Juanito, literal y metafóricamente. Para mi ir al centro de Quito porque ahí está la radio, entrar en los estudios de grabación, ver lo shows de aniversario, fue parte de mi niñez, de mi adolescencia, de mi vida.

 Por mucho tiempo pensé que fue así por ser una Herdoíza, porque obviamente estaba un poco obligada a hacerlo. Hasta que, gente en diferentes sitios y circunstancias, me comenzaron a contar que ellos también se levantaban todos los días con la voz de Wilson Robalino; que escuchaban a mi abuelo mientras caminaban a la escuela porque en cada tienda por la que pasaban, tenían a la Tarqui sintonizada. Todos somos, de alguna manera, parte de esta familia.

 Cuando era pequeña, recuerdo un día que le pregunté al Papavo, él es Gustavo Herdoíza para mí, si todos los días cuando comenzaba el Maestro Juan y él decía hola familia, nos estaba saludando a nosotros, sus hijos y nietos que le estábamos escuchando. Se rió mucho, creo que no lo había pensado de esa forma, él en verdad estaba saludando a toda su familia, a todos sus oyentes.

 Esta es una de las cosas que aprendí entonces, a compartir la radio. A entender y maravillarme de cómo la gente se siente parte de ella. No me canso de escuchar anécdotas de personas que me cuentan de tal programa que les encantaba, de cómo se reían con tal otro, de que hasta ahora no pasa un 31 de diciembre sin escuchar el Apagón. Y estoy segura que seguirá siendo así, para muchos el recuerdo de la Tarqui está tan instalado en sus memorias como para mí.

 Yo he vivido un poco más de la mitad de los años que Tarqui tiene. Sé lo que pasó antes de que yo nazca porque la radio se convirtió en una tradición, en una leyenda. Es un baúl lleno de historias, de la voz de mi abuela, de la risa de mi abuelo, de la admiración de mis tíos, de la constancia de mi padre. Es entender el verdadero poder que tiene la palabra, es conocer de cerca lo que significa luchar.

 El pasado de la Tarqui está lleno de eso, de perseverancia y de logros. Y todo lo que siguió después estuvo repleto de ejemplo. Eso es lo que es, para mí, ser la tercera generación en mi apellido.

 Más allá de saber cómo nació de la nada y creció como un todo, más allá de sorprenderme de la creatividad e imaginación de mi abuelo, de su inmensa capacidad de comunicación; más allá de poder contar con detalles el antes y el después de Quito con Tarqui, el orgullo es saber que la Radio seguirá viva aunque ya no se la oiga.

 Tarqui es sinónimo de trabajo, tanto de quienes son reconocidos y recordados por su voz como de quienes pasaron y pasan horas grabando, editando, estudiando, investigando, produciendo.

 Tengo el honor de ser testigo de cómo mi padre nunca dejó de cumplir sus sueños. Y eso es lo que he vivido más de cerca y lo que aprendí a reconocer desde pequeña, lo que me conecta a la radio y lo que me hace parte de una familia de comunicadores.

 Mi padre me enseñó a oír más allá de lo que proyecta una voz en la radio, me regaló la magia de la radio con todos sus sonidos y efectos, me permitió ver de cerca cómo se construye una radio en silencio, desde atrás del micrófono.

 Todo eso es parte, tal vez la menos conocida, de lo que por 60 años ha llegado a sus hogares. Por eso todos, ustedes, mi padre, mi abuelo son parte de esta historia. Por eso sé que la Tarqui, ya sea con una voz fuerte y potente, o con la voz de la memoria, no se apagará nunca.

Por Ana Cristina Herdoíza